Biografía ficcionalizada de Ana María Matute

La luz del amanecer siempre trae historias desde el otro lado del mundo. Para atraparlas sólo basta dirigir la mirada al este en los primeros minutos de la mañana. Hoy, con los ojos modorros y el cabello despeinado he tomado una y quiero que la conozcan. Antes de contarla, escucho que los árboles susurran algo, quizá ya la sepan y se burlan de la forma en que yo la obtuve; en fin, sus cuchicheos son opacados por el canto de los pájaros, ¡cómo me gustaría saber hablar con la naturaleza! La historia que están a punto de escuchar viene de tierras muy lejanas, dicen que son tan lejanas, que el viento africano es el que mece sus aguas; que sus niñas, valientes, en lugar de sumergirse en ellas, se internan en los bosques y se funden en los troncos hasta crear sus propias raíces y extender sus ramas.

Las historias de este tipo no deben contarse exactamente como se conocieron, es responsabilidad del que la relata, añadir un poco de su cosecha para que los demás entiendan el mensaje. Eso sí, teniendo mucho cuidado de no cambiar lo fundamental, de no suavizar los momentos fuertes ni pasar por alto los tristes. Si en la narración aparecen derramamientos de sangre o pasiones desbordadas, hay que esperar sin intervenir, que el que escucha asombrado, acepte que los finales felices pocas veces son posibles porque las vidas felices no aparecen ni en cuentos.[1]

Hace mucho tiempo en una tierra lejana, donde las olas azules se confundían con el cielo; justo cuando el sol hacía desaparecer todas las sombras desde el cenit; nació una niña de buena cuna a la que llamaron Ana María. Era querida por todos en su familia, más aún por su padre que la entendía y alentaba a hacer lo que le gustaba. No era como las demás, no bailaba con la luz de los ventanales ni correteaba a las mariposas brillantes que se posaban en  su pared, ella huía al bosque y creaba mundos en su cabeza. Nadie podía verlos, pocos sabían de su existencia, hasta que ella decidió ponerlos en papel, entre letras y dibujos. Eran su escapatoria para un mundo donde no entendía nada y que casi la mata de una enfermedad. Aunque la familia fuera de un lugar para otro, cambiando de ciudades y evitando que la pequeña pudiera conseguir amigos reales; ahí estaban sus libros, el bosque  y su compañero, el muñeco Gorogó.[2]

Un día, mientras ella intentaba comunicarse con las ninfas a la orilla de un río, sintió una mirada inquietante a sus espaldas, al voltear descubrió un macho cabrío más grande de lo que jamás había visto. Éste la miraba fijamente, “sus pupilas, […] tenían un color cambiante, indefinido […] lucían amarillas y fosforescentes, como el azufre”[3], como los de Selva; ella vio la maldad en ellos, incluso imaginó que era el diablo.[4] Corrió, corrió y corrió hasta llegar a su casa. Ahí estaba su madre, por supuesto no le creyó, pensó que era otra de sus historias imaginarias. Justo después de eso, el cielo se oscureció, la maldad no sólo estaba en los ojos del macho cabrío, también se anidaba en los ojos de los hombres. Muchos, hermanos cegados por la maldad y con sed de poder, trajeron enramadas y espinos hasta oscurecer el claro. La oscuridad se hizo tal, que empezó a tomar formas distinguibles, primero se hizo guerra y con el disfraz de guerra, muerte. Todos los niños se acostumbraron a cenar con el ruido de cascos y botas revolviéndose tras la puerta, y acostarse pensando en que tal vez, mientras dormían, sus vidas podían ser robadas.

La penumbra duró lo suficiente para aclarar la vista de todos en el poblado, después de la materialización del mal, nada podría engañarlos o confundirlos en épocas futuras[5]. Al relativo clareamiento, sobrevino una época en la que lo negro cambió a gris, no a azul como en la infancia de Ana María, el mal siguió gorbernando, aunque camuflado durante cuarenta años. En ese periodo, los mundos imaginarios de la joven se parecieron cada vez más al real, fue cuando más gente empezó a conocerlos y a reconocerla como creadora. La leyenda de aquella chica se difundió por todo el territorio hasta llegar a los oídos de los hombres de ojos amarillos. Ellos quisieron dar a conocer sus historias, con la condición de que debía ser como ellos lo indicaran. Sus mundos serían talados, rebajados, algunas veces mutilados hasta quedar al gusto del líder maligno, como era de esperarse, Ana María se opuso hasta donde pudo y en la oposición se descubrió libre.

Pasaron algunos años grisáceos antes de que la joven conociera otros imaginadores. Vinieron muchos, mayores que ella, portando elíxires violetas que los ayudaban a construir historias o teñir de azulado el gris de la madrugada. Fue en una de las reuniones cuando conoció a un hombre encantador, le susurró algunas cosas en el oído varias veces; no era guapo como los  demás con los que jugó a los amantes, era un imaginador cualquiera y en sus ojos había un destello de malignidad. Se casaron con el sol en el punto más alto, vivieron un año de luna de miel, derramando amor y jurándose pertenencia por la eternidad. ¡Cuántas veces los ojos se les cerraron ante el roce de los labios! Él, alguna vez entre las enramadas del claro, la sujetó por la cintura, acercó la boca hacia su oído y susurró con la dulzura de un pétalo de azahar, «Tú eres mía como tuyo es el aire que revuelve tu cabello y las telas de tu falda. Te pertenezco durante el roce de tu mano en mi mejilla. Somos la guía y el pino al que se abraza, buscamos la misma luz perteneciendo al mismo suelo.» “Los enamorados dicen a veces cosas así, y es mejor no hacer demasiado caso. Pero quien las oye se siente muy satisfecho, y así se sintió [Ana María]”[6] .

Fue un matrimonio corto porque corta fue la felicidad. Como era de esperarse en una pareja de enamorados, el recibimiento de un hijo se dio con tranquilidad y algo de temor. Ana María no podía ser más feliz, se reflejaba en el niño, era igual de hermoso que ella y en sus pequeños ojos relucía la alegría de un amanecer entre olas. Sin embargo, en la habitación de al lado estaba el padre, quien a pesar de estar feliz se sentía desplazado y celoso. El destello de malignidad creció en los ojos del hombre, cada vez se hizo más frío e indiferente, le gustaba gritar y reírse de su esposa, incluso varias veces le pidió que dejara de imaginar. Ella, como nunca estuvo acostumbrada a los malos tratos en su familia, lo confrontó. Poco valieron las antiguas palabras de amor y el cobijo del sol cuando las puertas se azotaron y él, con el niño en brazos, dejó la casa. Ella, movida por el amor de madre, el más puro que jamás sentiría; buscó recuperar a su hijo luchando y dándose valor por cerca de doce equinoccios, hasta que lo logró.

La joven se olvidó de los hombres por mucho tiempo, pensaba que sólo algunos no tendrían la marca sulfúrica en los ojos y que sería complicado encontrar a alguien bueno. Fue un mediodía, cuando conoció a un joven de voz cadenciosa. Él no susurraba como su antiguo esposo, él decía las cosas de frente pues dibujaba imágenes con las palabras. Como ambos eran hermosos y se conocieron en el centro del claro, un buen día en que un punto azul se divisaba en el cielo, se enamoraron. Este amor no se derramaba, se absorbía como el agua en las raíces de los árboles; no se pertenecían el uno al otro pues eran en compañía. Como Ana María ya había tenido un esposo y era mal visto que se visitara con otro hombre; huían a la playa para borrarse las sombras entre besos luminosos. Juntos descubrieron la belleza de la noche, no como escondite, sino como refugio de luz, dosificada y tintineante.  Juntos también, envejecieron amándose sin cansancio, viéndose a los ojos porque el gobierno de mal había terminado y con él las prohibiciones. Vivieron la eternidad de una pasión, hasta que ocurrió lo que debía. Con el sol en el cenit, justo como el día en que se conocieron, justo en el día en que ella nació, él murió.[7] Dice la historia que como el sentimiento era tan puro, nunca se oscureció ni transformó en tristeza, que la vida siguió como espera del reencuentro.

Ana María imaginó e imaginó. Sus mundos se hicieron cada vez más conocidos, incluso en tierras lejanas. Viajó lejos de las olas que fueran testigos de su felicidad, conoció las montañas, escuchó poblados enteros comunicarse en lenguas ininteligibles, recorrió el aire y también otros mares donde todos la admiraban y querían. Cansada de viajar, con sus mundos en la mesa, en la mente y el corazón, se sentó frente a la ventana. Ese día los árboles no hablaron para ella, tampoco las nubes hicieron su aparición, sólo el sol, su compañero de toda la vida, le acarició la nariz y los cabellos blancos. Un ruiseñor se posó en el borde de madera, empezó a cantar, ella entendió lo que decía, su amado la esperaba con más ansias que nunca, el momento del reencuentro había llegado. Cerró los ojos, ensanchó su pecho para que le cupiera todo el amor que estaba brotando de su corazón y se entregó, una vez más, a un mundo lejos de este mundo, donde ella pudo ser feliz.

Paola Ruiz

[1] Ana María Matute respondió la de una asistente a la conversación “La verdadera historia de la Bella Durmiente”, que es posible modificar los cuentos como se desee siempre y cuando se mantenga intacto el sentido de la historia.

Biblioteca Nacional de España. Ana María Matute: La verdadera historia de la Bella Durmiente. Biblioteca Nacional de España [https://www.youtube.com/watch?v=6qqQpYMl7NA&t=3304s (Consultado: 21/12/ 18)] España. 2011

[2] Es un muñeco negro de trapo que su padre le regaló tras uno de sus viajes de negocios. Como guiño autobiográfico, Ana María lo incluye como compañero de Matia en Primera Memoria.

[3] MATUTE, Ana María. El verdadero final de la Bella Durmiente. Titivillus. España. 1995. p.10

[4] Cuenta esta anécdota en la entrevista que se usó para su documental/homenaje, para explicar su apego al bosque y relación con su madre.

Imprescindibles. Ana María Matute: “La niña de los cabellos blancos”. Algún día en alguna parte: [https://www.youtube.com/watch?v=pF7eyzENHbY (Consultado: 20/12/18)]. España. 2014

[5] La escritora, dice con seguridad, que después de la guerra sentía que había despertado, que nadie podía engañarla.

 Idem

[6] MATUTE. op.cit., p.9

[7] En el video/homenaje, en el apartado en el que Ana María habla de sus amantes, hace énfasis en éste. La verdadera anécdota dice que ella lo estaba esperando para celebrar su cumpleaños pero él no llegó, falleció a la misma hora del nacimiento de ella.

IMPRESCINDIBLES. op.cit.

Bibliografía

Biblioteca Nacional de España. Ana María Matute: La verdadera historia de la Bella Durmiente. Biblioteca Nacional de España [https://www.youtube.com/watch?v=6qqQpYMl7NA&t=3304s (Consultado: 21/12/ 18)] España. 2011

Imprescindibles. Ana María Matute: “La niña de los cabellos blancos”. Algún día en alguna parte: [https://www.youtube.com/watch?v=pF7eyzENHbY (Consultado: 20/12/18)]. España. 2014

MATUTE, Ana María. El verdadero final de la Bella Durmiente. Titivillus. España. 1995.


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