A partir de “Los que abandonan Omelas”[1], Úrsula K. Le Guin
Yo llegué a Omelas desde el Sur. Es una ciudad “gazmoña y cursilona”[2], de color rosa perpetuo y con el cielo tan azul que relaja. Las pocas nubes en el cielo, se alzan esponjosas y felices. La gente que habita el lugar es muy amable, divertida, parece como si nunca tuvieran problemas. Aquí no aparecen cadáveres en las banquetas, no desaparecen niños, todos tienen el dinero suficiente para comer donde les plazca y nadie vive en la calle. Dicen que no existe el gobierno, que las instituciones religiosas importan poco. Abundan los Festivales, en los que se cierran las calles y las plazuelas se llenan de música y colores brillantes. Omelas, en el centro del país, entre [sobre, rodeada de] cerros es un lugar feliz.
Vine porque en mi pueblo eso es imposible, existe la tristeza y el dolor. Partí esperanzada. Supe de éste lugar por habladas, unos amigos me dijeron que sus hermanos mayores ya habían venido, que conocieron la alegría y decidieron no volver. Debo decir que éste lugar no se llama «Omelas», no diré el nombre real. El nombre lo tomaron de un texto de Ursula K. Le Guin, sólo me dejaron leer la primera parte, nadie lee el resto. Me conformé con las imágenes que me ofreció la lectura, ahora estoy aquí, dispuesta a no regresar. “¿Creen ustedes todo esto? ¿Aceptan la realidad de esta celebración, de esta ciudad, de esta alegría? ¿No? Entonces déjenme describirles algo más.”[3]
Después de casi cinco años de habitar calles rebosantes de felicidad, encontré en un parque «Los que abandonan Omelas», lo tomé como una señal, no vencí la tentación de leerlo completo. Tuve una revelación, nuestra felicidad se alcanza por un sacrificio. En alguna parte de la ciudad “hay un niño o una niña [o muchos y adultos también]. Es retrasado mental. Tal vez nació anormal o se ha vuelto imbécil por el miedo, la desnutrición y el abandono”. Vive relegado, oculto, lejos del centro, no merece la atención de los locales, mucho menos la de los turistas o nuevos habitantes.
Todos saben que está allá, todos los habitantes de Omelas. Algunos comprenden por qué, otros no, pero todos comprenden que su felicidad, la belleza de su ciudad, el afecto de sus relaciones, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus sabios, el talento de sus artistas, incluso la abundancia de sus cosechas y la suavidad de su clima dependen completamente de la horrible miseria de aquel niño.[4]
Éste Omelas no es ficticio, me encuentro en él. Negarme a pensar en la miseria de uno para satisfacer mis necesidades me parece absurdo. Más absurdo me parece creer que nada ocurre, en cada periódico en el que no aparecen muertos que yo vi; en las trompetas o tambores que callan el el llanto de una madre que busca a su hijo perdido; en los «apoyos» que se le dan a un hambriento, yo veo falsedad. No es que «no pase», es que a todos se les enseña a no pensar en el sacrificado. No hay solución, no se quiere sacar al relegado de su miseria porque nadie ofrecería su propia felicidad por él. La gente es amable con su igual, allá está bien el otro, está haciendo lo que debe. Algunos más sensibles o tremendamente asustados por la situación del niño, eligen abandonar la ciudad e irse al Norte.
Éste lugar no se llama «Omelas», no es una distopía, es algo así como la materialización de un relato de ciencia ficción. No se llama «Omelas. Sí está en el centro del país y es de rosa abrumador, sí es conservadora y moralina. Sí abundan los Festivales, yo los he disfrutado y he bailado en sus callejones. Decidí quedarme, no porque sea insensible o porque esté de acuerdo con lo que ocurre, es porque quiero moverme hasta lograr que no se menosprecie a nadie por el bienestar general. Dije que no diría el nombre real, cuando empecé a describir no creí que fuera importante. Ahora me es necesario denunciar éste lugar, que otros sepan el precio de la estabilidad, que sepan que la desinformación y censura son parte del día a día. No se llama Omelas, no, aquí se llama «Zacatecas».
Nota al lector: sé que no es habitual que te prometan un texto sobre alguna autora y el que lo escriba se proyecte. Me temo que con la ciencia ficción es fácil que ocurra. Verás, no me pondré paranoica y diré que Ursula Le Guin predijo que ésto pasaría, tampoco te diré que mi asimilación del texto ocurrió así porque vivo en la representación del mismo; lo que sí, es que ella desde sus inicios ha aportado al género una perspectiva social en la que se profundiza en la forma de vivir y actuar de los personajes. Ahora que sabes lo anterior, te invito a leerla. Como plus, Ursula Le Guin es una excelente escritora que nada le pide a Bradbury o Asimov. Como mega plus, es feminista y siempre le interesó la igualdad social. Espero que sigas reconociendo la realidad a través de la ciencia ficción.

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