El hábitat de la mujer bella no es el campo,
no es el aire libre, no es la naturaleza. Es
el salón, el templo donde recibe los homenajes
de sus fieles con la impavidez de un ídolo.
Rosario Castellanos
Cuando pensamos en los hábitos que nos inculcan de niñas es inevitable pensar en los que atañen a lo público y lo privado: comer con la boca cerrada, cruzar las piernas al sentarte o por lo menos mantener las rodillas juntas al usar vestido, no decir groserías, ser discretas y sobre todo bonitas, la apariencia es primero. Costumbres que nos indican las reglas sobre cómo debemos manejarnos y cuidarnos frente a los demás, y de entre las cuales hay una que, de acuerdo con Carmen Boullosa, es particular de nuestra cultura y representa en pocas gotas la esencia de la feminidad mexicana: nunca sentarse en un baño público.
Esta máxima heredada por generaciones ha sido aprendida hasta por la más pequeña de las niñas, porque sentarse en un baño público es el equivalente a estar en contacto con la suciedad, o en el caso extremo adquirir una enfermedad.
En “Hermeneuta de los orinales” Boullosa describe el encuentro entre dos mujeres en el baño de un restaurante, el de una comensal y el de una bruja, una hermeneuta de la orina que lee en lo derramado fuera del escusado el presente, pasado y futuro. Juntas divagan en una charla líquida que va del café a la orina de las mexicanas. Oringa sin duda tiene en su poder un fuerte argumento para destacar el motivo por el cual el baño público es una manifestación de nuestra cultura y educación. Su lectura va del cuerpo al uso del espacio y salpica a la cultura y la política, porque lo privado es público y lo público político, ya lo decía alguien más.
El tema del cuento atraviesa la (in)comodidad de las manías y de la cultura, su tratamiento está permeado por un juego que brinda espontaneidad y ligereza, a una norma que yuxtapone lo íntimo y lo público; es la exposición de un tema abyecto si se quiere, pero ante todo humano. La lectura de una mujer en un escusado es una metáfora de las propiedades de una cultura que mantiene en secreto lo relacionado al cuerpo y sus necesidades, porque en la cultura mexicana escucharnos es todavía un tabú.
Es por ello que el cuento en sí propone una lectura corporal y cultural en la que el espacio y cuerpo son casi lo mismo, nos hace reflexionar sobre la atención que prestamos a oírnos, a entender nuestra naturaleza y la manera en que nos relacionamos entre nosotras en una acción que atañe por completo a la convivencia entre mujeres. Es una pregunta que se abre al colectivo para ser atendida en distintos lugares, para hacer visible, para que el cuerpo ocupe el lugar que le corresponde.
“Hermeneuta de los orinales” es un texto publicado en Debate feminista, a propósito del espacio y la ciudad, y como la temática indica su trama oscila entre diferentes clases de espacio.
La acción transcurre, como ya se comentó, en la oscilación de lo público y lo privado, el sanitario de mujeres de un restaurante. El tema en cuestión es el cuerpo y sus secreciones y el sitio donde son mal o bien depositadas. La lectura del cuento es ágil, corta y divertida; el personaje de Oringa y su interlocutora sin nombre brindan en nueve páginas un panorama interesante sobre el manejo del cuerpo y su imagen en una intersección entre lo individual y colectivo, lo propio y lo ajeno. La orina es entonces un puente entre lo personal y grupal así como vínculo entre espacio y representación.
En la cultura mexicana el cuerpo femenino está sujeto a ciertas normas y tradiciones que han sido establecidas y se siguen de manera tradicional, el caso en cuestión toca un tema que se trata a puerta cerrada. Las secreciones corporales, la orina de la mujer en un baño público es una exposición completa del yo. Hacer de “aguilita” como menciona Oringa, no es solo una posición para realizar una necesidad física, sino que es en sí una posición frente a los temas mencionados, incómoda de por sí es una representación de un malestar cultural:
¿Por qué el baño de las mexicanas tiene que ser ese orinadero, como un distintivo nacional? He recorrido miles de baños de aeropuertos −trabajo como agente de ventas−, y ninguno se equipara a aquel que está al lado de la sala donde saldrá el vuelo a mi país. ¡Viva México!, me digo cuando cierro tras de mí la puerta, mirando los orines regados fuera de sitio. ¡Arriba la virgen de Guadalupe![1]
La pregunta de Oringa es válida desde cualquier ámbito porque en nuestra cultura lo público no se asocia con lo privado, y menos cuando se trata de la educación femenina. Rosario Castellanos apunta en Mujer que sabe latín que en su cuerpo la mujer no se conoce, y en la cultura mexicana esa afirmación, además de seguir vigente, significa también, alarmantemente, que a la mujer su cuerpo le es todavía desconocido. ¿Puede la mujer mexicana adueñarse de los espacios públicos? No, porque no puede apoderarse de su cuerpo. Solo en la negativa hay equivalencia: “Si es cierto, como dices, que las mexicanas manchan con pipí para marcar territorio, también podemos hacer una lectura política de esto: las mexicanas marcan como territorio individual el colectivo. Pero no, no creo que sea eso”.[2]
La orina no marca sino que desmarca, en la lectura de Oringa no es el yo quien se antepone a lo colectivo, sino una afirmación de la negación; es decir, la marca no impide a otra tomar posesión del escusado, puesto que la costumbre dicta que la mujer no pondrá su cuerpo sobre él. Así la orina afirma la cultura y refuerza la negativa de la mujer a tocar lo que otro cuerpo toca. La negación gana terreno, las mexicanas: “aprenden desde pequeñas a no usar baños ajenos. No es de buena educación orinar fuera de casa…No tienen indicador anatómico que les haga saber cuándo deben hacer pipí. Yo era una de ésas”[3]
La mujer en palabras de Oringa niega su cuerpo, lo desconoce por costumbre bajo el pretexto de higiene. La cultura mexicana, la femenina, enseña a olvidar el cuerpo, a deshabitar el primer espacio. Esta disociación atañe a una arraiga idea de limpieza, de evaporación, porque al no tocar el escusado, al negar el contacto, se cuida la limpieza, es decir el cuerpo femenino no se toca porque se ensucia: “Un cuerpo no puede tocar donde toca otro cuerpo desnudo, porque eso es sucio. El cuerpo es sucio”.[4] De lo cual se deduce que la desnudez femenina es igual a la suciedad, la limpieza no es más que un artificio.
Oringa lee en la orina de las mexicanas la basura intrínseca heredada por la cultura, una que nada tiene que ver con la higiene de los lugares públicos sino con la percepción individual, y para reforzar su argumento pasa de la orina al cuerpo inexistente de las santas y las vírgenes, representadas eso sí por varias capas de ropa que disimulan esa carencia y dejan a la vista un rostro dolorido. No obstante, ocurre lo contrario con la representación del Cristo con fisonomía protagónica, bien hecha, en la que cada músculo tiene un papel crucial. El cuerpo de Jesús está presente, es el cuerpo masculino dolorido.
¿Qué pasa entonces si en el imaginario religioso, porque la religión es parte fundamental de la cultura mexicana, la Virgen carece de cuerpo, y por ende de placer? Pasa que para negar cualquier apropiación fisiológica la mujer no tiene cuerpo, no puede sentarse a hacer pipí, e incluso debe negarse el placer de hacer pipí en cualquier parte, porque el baño público está sucio, pero esta idea de suciedad no es más que una inversión de la propia percepción, el cuerpo de las otras está sucio y si mi cuerpo toca el lugar que otro acarició estará sucio también.
Ya lo decía Castellanos, el cuerpo de la mujer se desconoce, pero hasta el punto de que lo básico se desdibuja. La cultura mexicana nos provee de normas que escuchamos, pero nos llena los oídos para no escucharnos en primer término a nosotras mismas: “en el acto de orinar de fuera de sitio, por no poder poner el cuerpo desnudo donde otro estuvo, las mexicanas mostramos respeto a tradiciones asimiladas durante siglos que han lastimado nuestra vida comunitaria.”[5]
La feminidad como aceptación de la naturaleza no puede tener un lugar dentro de, sino fuera de, es decir está negada: “la osadía de indagar sobre sí misma; la necesidad de hacerse consciente acerca del significado de la propia existencia corporal o la inaudita pretensión de conferirle un significado a la propia existencia espiritual es duramente reprimida y castigada por el aparato social”.[6] ¿Qué ocurre entonces?, la idea de suciedad no está en la otra sino en mí. El lugar del cuerpo, de mi espacio, es una negativa, una evaporación de mí. No obstante, que el cuerpo se disipa, el cuento de Boullosa invita en su lectura cultural del cuerpo de la mujer a cuestionar la ausencia a través de la incomodidad de la tradición y la lectura profética de Oringa nos incita a sentarnos en el escusado, a sentirnos y mirarnos entre sí indecorosamente.
-Flor Nazareth Rodríguez
Bibliografía
- Boullosa, Carmen, “Hermeneuta de los orinales” en Debate feminista, Vol. 17, abril de 1998, p. 131-139. En https://www.jstor.org/stable/i40097560 consultado 3/03/2019.
- Castellanos, Rosario, Mujer que sabe latín, Fondo de Cultura Económica, México, 1984.
- __________________, Sobre cultura femenina, Fondo de Cultura Económica, México, 2005.
- Rodríguez, Adriana Azucena, Las teorías literarias y el análisis de textos, Universidad Nacional Autónoma de México, 2016.

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