Pocas veces conecto con mi lado ranchero por falta de tiempo. Hoy, día soleado con horas que tardan una eternidad, tomo las botas y el cinto, me dirijo hacia la puerta de mi casa y hechizada por el tamborazo, me voy directo al llano de al lado. Entre la música, el chisporroteo de grasa, los gritos de emoción y el reguero de cerveza, encuentro un lugar justo enfrente del ruedo, empiezo a “cervecear” para ahuyentar el calor. El jaripeo lleva poco de haber iniciado, sin embargo veo algunos borrachos, entre ellos yo. Siendo el ambiente en su mayoría masculino —son hombres los jinetes, los ayudantes de cajón, el animador, los vendedores, casi todos los asistentes— adjudico al alcohol la siguiente visión: una chica es llamada, hace una increíble monta y es premiada por las reinas. ¡Cómo! Mi padre siempre me dijo que las mujeres no podían hacer eso, que no estaba permitido, ¿entonces?
La gente parece no sorprenderse, la música sigue de fondo, yo sigo impactada. Llaman a otra chica después de la primera y a otra más. Empiezo a preguntar sobre ellas a mis vecinos, “son un equipo de muchachitas que están empezando, se llaman «Las Potras»”, me dicen. Veo cómo ganan apadrinamientos, aplausos y el apoyo de otros equipos de jinetes. Ellas se visibilizan en la escena regional, eligen la polvareda y los toros a la camioneta con sombra y el título de «reinas». A pesar de los murmullos envidiosos no detienen sus participaciones, sonríen satisfechas y se dan palmaditas cada que todo sale bien. Quizá lo único que las distingue de todos los participantes son sus camisas rojas, fuera de ahí, dudo que haya quién señale otra característica.
Mi inquietud por saber más sobre ellas me lleva a atravesar medio llano, esquivo los puestos de raspados y a los que aprovechan el relajo para bailar. Me presento, digo que me gustaría escribir sobre ellas algún día, acceden a contarme todo sobre el grupo. Las precursoras son Fátima Abrego “La Cherokee”, Dulce Segundo y Lupita García, quienes creían que posiblemente el proyecto no iba a funcionar, sin embargo, con el paso del tiempo se fueron incorporando varias muchachas hasta llegar a diez integrantes de entre 11 y 16 años. Yo, sorprendida por lo jóvenes que son, pregunto qué sienten de saber que toda la región sabe de su existencia y cuáles son los motivos que las llevaron a formar el grupo, a lo que ellas me contestan:
Nosotras estamos muy decididas a demostrar que aunque la mujer no tenga la misma fuerza que el hombre, lo podemos lograr. Hacemos lo que nos gusta, también para demostrar que sí podemos. Nos sentimos muy felices por saber que poco a poco más gente nos está conociendo y de la misma manera, ayudándonos a lograr nuestro sueño.[1]
El animador sube el volumen, las vuelve a llamar, agradecida me despido de ellas. Al caer la tarde las horas transcurren con mayor velocidad, así que veo a las muchachas ser premiadas varias veces. Nadie demerita sus participaciones, sólo veo admiración en las caras de los asistentes, no hay duda al ver a Las Potras, tienen talento y saben cómo demostrarlo. Son mujeres muy jóvenes abriendo espacio para las que vienen, para que aquellas también hagan lo que les gusta; estamos haciendo lo mismo desde diferentes áreas y es conmovedor. Yo con pluma y papel, ellas con sombrero y pretal, abrazamos nuestros sueños y nos internamos en lugares donde hace tiempo se nos prohibía la entrada. Con el morado de la tarde-noche me retiro del llano, aún sigue la polvareda, aún sigue el tamborazo y el reguero de cerveza, aún hay camisas rojas dispuestas a hacer frente a un toro.
-Ese Anyor
- [1] Declararon Las Potras durante la plática personal que mantuvimos el 26 de febrero de 2019.

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