Una reflexión a partir de El cuento de la criada (Margaret Atwood, 1985)
El cuento de la criada plantea un mundo catastrófico, arrasado por los químicos, bombas atómicas y la contaminación. Suelos, hombres y mujeres son estériles. La tasa de natalidad se reduce a, tal vez, un niño al año. Se formula una sociedad de ultra derecha que destruye el congreso y suspende la constitución. El nuevo gobierno, llamado Gilead, toma a las mujeres fértiles que quedan y las convierten en “criadas”, éstas tienen el fin de procrear hijos con altos funcionarios del gobierno. Digamos que es la idea del vientre subrogado pero llevado al extremo, la concepción es a la manera “antigua” ya que los métodos artificiales de fecundación van en contra de la Palabra de Dios.
A estas mujeres/criadas se les lleva al Centro Raquel y Leah (Centro Rojo) donde son instruidas en lo que serán sus próximos labores. Aquí hay algunos puntos en los cuales me gustaría detenerme. Las tías, por ejemplo, las llaman “niñas”. ¿Por qué? Si bien en una primera lectura uno podría pensar que se deriva de un tratamiento dulce y condescendiente hacia las mujeres, una segunda lectura nos dirá que no es así. Se les llama niñas porque a los infantes se les asocia con falta de conciencia, por ende, estas “niñas” no pueden tomar decisiones por sí mismas, se les tiene que amaestrar, reeducar. Sus quejas o sus decisiones no tienen fundamento porque no saben lo que es mejor para ellas.
Derivado del punto anterior, también se dice que cuando una mujer acusa a un hombre tiene que existir otro testimonio, ya que la palabra de una sola no se puede tomar como válida. La de un hombre sí. ¡Qué extraña sociedad aquella en la que la acusación de una mujer no sirva para hacer justicia!
En un hogar del Gilead, por lo menos en el de alguien con una posición privilegiada, se encuentran tres tipos de mujeres: la esposa, la Marta y la Criada. Las esposas toman el apellido del marido, están encargadas del hogar, en sus tiempos libres hacen jardinería, tejen o se visitan entre sí. No pueden trabajar, ninguna mujer puede. Las Martas, por otro lado, son esclavas, se encargan de la comida, la limpieza, el baño de las criadas. Las Criadas sólo salen a la compra, asisten a los alumbramientos y se preparan para las Ceremonias; no tienen nombre, se les otorga un patronímico según el hombre de la casa. La protagonista, por ejemplo, se llama Defred (Offred).
El mundo distópico que se presenta aquí es aterrorizante y devastador, sin embargo, me parece aún más importante la manera en la que se dio la transición del mundo que conocemos a éste. Primero cualquier servicio se realizaba de manera virtual, a través de un número. El dinero físico dejó de existir. Después del golpe de estado, las mujeres ya no podían trabajar y su dinero pasó a ser parte del pariente masculino más cercano. La homosexualidad quedó prohibida. La protagonista relata:
Nada cambia instantáneamente: en una bañera en la que el agua se calienta poco a poco, uno podría morir hervido antes de darse cuenta. Por supuesto, en los periódicos aparecían noticias: cadáveres en las zanjas o en el bosque, mujeres asesinadas a palos o mutiladas, mancilladas, solían decir; pero eran noticias sobre otras mujeres, y los hombres que hacían semejantes cosas eran otros hombres. Ninguno de ellos era conocido de nosotras. Las noticias de los periódicos nos parecían sueños, pesadillas soñadas por otros. Qué horrible, decíamos, y lo era, pero era horrible sin ser verosímil. Eran demasiado melodramáticas, tenían una dimensión que no era la dimensión de nuestras vidas.
Es aquí donde me detengo a pensar lo siniestro que es el planteamiento de la novela. desde mediados de los 80, Atwood veía estas luchas, la represión, la violencia. La sociedad en la que vivo hoy me tiene paralizada, como la novela. Es verdad que tenemos miedo de salir a la calle, que aparecemos en bolsas negras o simplemente no aparecemos. No estoy segura si esto es lo último que leerá mi madre de mí. Defred dice:
Me gustaría creer que esto no es más que un cuento que estoy contando. Necesito creerlo. Debo creerlo. Los que pueden creer que estas historias son sólo cuentos tienen mejores Posibilidades.
Si esto es un cuento que yo estoy contando, entonces puedo decidir el final. Habrá un final para este cuento, y luego vendrá la vida real. Puedo decidir dónde dejarlo.
Esto no es un cuento que estoy contando
Pero he decidido que mi vida no será gobernada por ellos, ni por el terror. Nolite te bastardes carborundorum. Mi vida y la de ustedes importa, no somos cuerpos, ni notas en el periódico, ni muerte. Me niego a pensar que seremos esos sapos que se van calentando poco a poco hasta que se mueren. En estos tiempos, donde la atmósfera está reinada por la incertidumbre, es importante que salgamos a la calle, que gritemos nuestros nombres, de las que estamos y las que no. Porque si bien esto que estoy viviendo, que estamos viviendo, no es un cuento, Sí puedo cambiar el final, Sí tengo mejores posibilidades. Estas niñas son mujeres ahora. Estas niñas van a cambiar el futuro.

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