Acercamiento a Tantos rostros como madrugadas de Alejandra Rodríguez Arango
La sala casi vacía, sólo los empleados moviendo, sacando, desempolvando y acomodando libros. «La personaje» se instaló en la mesa del centro con un libro angosto entre las manos. La lectura encendió sus mejillas, a la distancia sólo se vio un constante apretar de piernas e incomodidad en el rostro. Pasada media hora, el semblante cambió, se dejó acariciar, la huella de sus dientes en el labio inferior se hizo imborrable, sus muslos se aflojaron, algo faltó para que la energía le saliera del nacimiento de la espalda e intentara censurar un grito. Abandonó la sala, era su primera vez en aquel lugar, también la primera en la que un libro le ardía entre las manos.
No regresó al día siguiente, sí al posterior. Se entregó al espacio con la misma inocencia que la otra vez, quiso volver a sentir lo mismo y volver a huir como la «mujer-durazno», no pudo, el libro desapareció. Lo buscó en varios estantes, incluso pensó que el travieso se iría, ante la falta de atención, a deambular a la sección de cocina o anatomía. «Los libros obsoletos se descatalogan, se envían de vuelta, si está en aquel montón, no hay vuelta atrás. Agarre otro, hay otros que le pueden servir», escuchó tras de ella la voz de la bibliotecaria. Negó aturdida, no quiso otro, no era lo mismo.
«No puede ser obsoleto», dijo para sí en voz baja. Hace algunos días no había escuchado sobre Alejandra Rodríguez Arango, ahora nadie podría conocerla en al menos 50 kilómetros a la redonda, poco más, si la suerte es mala ¿Qué hay en el «libro obsoleto»?, repasó viendo la pila polvorienta del fondo: algunas pelirrojas, una seguramente con seis meses de embarazo, otra tremendamente atractiva; una mujer a la que le basta su sombra para la satisfacción erótica, otra que no la halla en la fugacidad del encuentro heterosexual ni en la «antinaturalidad» del lésbico; algunos gatos desechados y la lengua de uno perdido; recuerdos de tardes en Coyoacán. «La personaje» reconoció que de ser certero el adjetivo, lo que proviene de ella también lo sería: los deseos de regresar al pelirrojo; el simular la masturbación femenina en el pene de su amigo e imaginarse penetrada tras los besos de su amiga; lo que disfruta que su perra le acaricie los pies; lo vivido en aquel febrero.
«La bibliotecaria no sabe, ella sólo es una empleada, hasta sugirió que lo descargara de internet, ¡faltaba más! No sabe que es una rareza, que sólo yo experimenté la visita fantasmal de Rodríguez Arango. Tal vez se equivocó de calificativo» Repitió por cada narradora mexicana que le apareció. Supo, llegando a la sección de Literatura Española, que la búsqueda había terminado. No estuvo en el fichero, en el estante, menos en el registro de préstamos a domicilio, seguramente «allá» estaba apretujado entre libros de economía y manuales de contabilidad. «La personaje», con alergia por el polvo y las manos frías, se alejó de la pila, se negó a ver la muerte de un libro y una autora en un territorio considerable.
«Alejandra, sal de esa pila. Por qué saltaste hasta el último momento a mí que te encontré por casualidad y ahora te busco, y al enfermero, y al masajista, y a Casimiro; desesperada por otro encuentro y otra boca entreabierta y otro pecho acelerado», pensó al recoger sus cosas. Se perdió en el silencio de los pasillos hasta salir, caminó por el centro con la pila en mente. Obsoleto=inadecuado: no era inadecuado que Tantos rostros… encapsulara momentos de su anecdotario. Obsoleto=anticuado: no era anticuado que buscara ardor y vibración en algo más que en un hombre. Dio por muertos a los habitantes del montón excepto a Tantos rostros como madrugadas. Prometió resucitarlo para ponerlo al lado de Álbum de Familia, Cartucho, Ninguna eternidad como la mía y Lilus Kikus. Se durmió sola, con el sereno imaginó a la bibliotecaria encontrándose con el libro «desopsoletizado». La vio en varias madrugadas, desconociendo su mano izquierda, arqueando la espalda, mojando su índice y corriendo, fluyendo en la anchura de su cama.

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