Hace algún tiempo llegó a mis manos el libro Tres guineas de Virginia Woolf, al principio de éste, antes de entrar de lleno al objetivo principal de la obra que es dar respuesta a la interrogante ¿cómo evitar la guerra?, ella sugería una cuestión que llamó mi atención: ¿cuánto se invierte en la educación de hombres y cuánto se invierte en la de mujeres?
Esta idea me hizo recordar a las mujeres cercanas a mí, a quienes sus padres no les dieron la oportunidad de seguir creciendo académicamente, no por falta de recursos, sino porque lo consideraban una inversión infructuosa, «para cambiar pañales y hacer de comer no se necesitan estudios», decía mi abuelo paterno a una de sus hijas, mientras que a mi papá le daba la opción de continuar sus estudios o establecerle una sucursal del negocio familiar que manejaban.
Mi abuelo materno también le cortó las alas a mi madre, mientras que a su hijo mayor le daba la oportunidad de terminar una carrera profesional ya que «él debía mantener a su familia» y mi mamá, «solo tenía que hacerse cargo de su casa, su esposo y sus hijos», y para esto, no había mejor maestra que mi abuela en su hogar.
A través de los años se nos ha hecho creer a las mujeres que nuestro único trabajo es el que no se renumera, el que se paga con una sonrisa y muy de vez en cuando con un «gracias». Las mujeres nos hemos quedado al frente del hogar no por decisión, sino por imposición. La naturaleza nos dotó con la capacidad de crear vida y esta capacidad nos está limitando desde tiempos inmemorables, a tal grado que todavía se cree por ahí que esa es nuestra función principal en la sociedad: dar hijos, y bien educados (varones, si no es mucho pedir).
Se nos dice que está bien y que es lo mejor ser mamá, esposa y ama de casa, pero no se nos dice, ni se nos dan las herramientas, para sobresalir también académica o laboralmente, nos quieren mantener presas en la burbuja de «el trabajo más lindo», sin darnos oportunidad de explorar otros terrenos.
Quiero decirles a todas esas mujeres, como mi madre y mi tía: muchas gracias, gracias por sacrificar sus sueños, aunque haya sido de una manera forzada, para crear una familia, gracias por cuidarnos con tanto esmero a pesar de no haber sido el trabajo de sus sueños, gracias por invertir y creer en nosotras, cuando por ellas nunca lo hicieron.
Mi mamá no logró ser la maestra que imaginaba desde pequeña, no valía la pena la inversión, pero ella me rodeó de amor y me enseñó a vivir, y yo quiero enseñarle a ella que su valor no radica en lo que ha logrado como mamá, sino en lo que ha sacrificado por ser mamá, también quiero que sepa que quizá perdió su batalla, pero que tuvo a una hija que está dispuesta a luchar para que las mujeres dejemos de perder.

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