Gabriela en el estanque

Gabriela en el estanque

La literatura mexicana tiene un fuerte arraigo con el realismo. El siglo XX fue quizá aquel en el que escritores y escritoras se aventuraron a hacer de sus narraciones algo más personal, subjetivo y por tanto, singular. Fuera de esa tendencia realista, escritores como Francisco Tario o Emiliano González tomaron el desvío para hacer de su literatura creaciones fuera de lo común. 

Objetos que hablan, piensan, lo macabro traspasando las historias, un sabor europeo en la tinta mexicana. Venían de una vena en la que salta lo nacional. Tario y González se ciñen a la literatura fantástica, un género para su época prematuro en el país, no siempre bien recibido, extraño para un lector que acarrea la Ilíada descalza, las turbulencias de la metrópoli, la región más transparente del aire bajo el brazo.

A pesar de que Tario y González están en ese submundo de la literatura mexicana, en los últimos años su rescate editorial ha tenido un buen impulso por distintos medios, sobre todo con el primero. Poco a poco parecen salir a la superficie. De cualquier forma, su círculo de lectores se ve aún reducido. Llegar a ellos tiene que ver en gran medida con tener cierta afición a los temas que trabajan, a ser ratón de biblioteca, a buscar en blogs. Son lo que se llama «autores de culto». 

Este tipo de afición, esta clase de saqueo bibliográfico por encontrar algún tesoro perdido, tiene sus recompensas. Es bien sabido también que en los últimos años el rescate de autoras también ha sido una buena labor editorial. De ahí que nombres como Amparo Dávila o Guadalupe Dueñas comiencen a sonar más y más. Pero ¿qué pasa cuando se escribe en un género literario que es poco acogido en el país y encima de eso se escribe desde el sexo relegado por la sociedad? La escritura tiene que remar contracorriente a expensas de no ser lapidada al llegar a la orilla.

Gabriela: un misterio que pulula

El caso Gabriela Rábago Palafox es de esos que se cuentan a voces. Se empieza a crear un mito alrededor de la figura, todo porque su información está dispersa, poco concisa, casi nula. De suerte se encuentran una o dos fotografías en internet. Si con escritores como Emiliano González, Guadalupe Dueñas, Jesús Gardea,  María Luisa Puga o Manuel Echeverría, hay que volverse ratón de biblioteca para toparse con sus textos, con Rábago Palafox la situación es microscópica, se tiene que volver ácaro; y es hasta esa instancia en que se descubre en contadas páginas que Rábago Palafox, originaria de la Ciudad de México, llegó a obtener diferentes premios literarios, incluyendo el Nacional de Cuento Infantil Juan de la Cabada en 1977 por Relatos de la ciudad sin dueño y el primer Premio Puebla de Ciencia Ficción en 1988 con un relato titulado “Pandemia”. Este texto es el que circula más por las redes, el que puede servir para entusiasmarse con su literatura.

“Pandemia” es un relato de ciencia ficción de corte crítico en el que, como su nombre lo anuncia, una enfermedad ha azotado la sociedad. La metrópoli en el que transcurre, que por sus lugares hace referencia a la Ciudad de México, se ha vuelto a los tiempos primeros en los que no había carga de automóviles y la gente no era una masa. Son mujeres las que en su mayoría sobreviven. Elisa, en medio de esa situación recuerda a su hermano Oscar quien había salido del país por la infección, que azotaba en mayor índice a hombres de entre veinte y cuarenta y cinco años.

En este punto Rábago Palafox se coloca como una escritora que anticipa y pone en tela de juicio uno de los temas de mayor debate de la sociedad contemporánea: la homosexualidad. La pandemia ha servido para debatirlo ante un mundo incierto que se desmorona y cierra sus puertas. Su texto tiene esa virtud que toda literatura presume y el lector agradece: insinuación. La enfermedad ha servido también para destapar a la sociedad hipócrita. El VIH da positivo en el padre de familia, el ministro, el sacerdote. Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia.

El mérito de Gabriela Rábago Palafox reside en la audacia de hablar de un tema como la homosexualidad desde una óptica social y por guiños, intimista, con una solvencia narrativa sugerente y fresca, desde una circunstancia nada favorable. Una escritora que exploró diferentes formas de hacer literatura, desde la ciencia ficción, los textos infantiles, la dramaturgia, etc. ¿Qué tienen en común? Son géneros marginados en México que tal vez pudieron dar un vuelco importante si no hubiera sido por la temprana muerte de Gabriela Rábago en 1995.

Las fuentes no son claras. La controversia emana de esta rara autora. Su muerte se difumina y parece ser que su familia la ha mantenido en boca de catacumba, además se habla de una supuesta homosexualidad que hizo que terceras personas la relegaran. Pero como se mencionó, la información no es del todo oficial. Ese es el problema de los autores ácaros, microscópicos, acercarse a ellos de manera comprometida es un trabajo de ardua investigación, pero vale la pena cuando se toca el hilo negro en el algodonal como ocurrió con Amparo Dávila o Francisco Tario.

Pensemos entonces en la literatura mexicana como un estanque. En las primeras aguas los peces que más salen a la superficie, nuestro canon, lo que el lector tiene a la vuelta de la esquina y aquello que es impulsado por la demanda editorial, en donde el lector aficionado puede nadar con facilidad; debajo de ellos, en aguas profundas, los escritores ocultos, raros, que sólo un lector de culto o investigador se atreve a bucear y sacar del fondo; y más allá, en la oscuridad, debajo de la arena, los artilugios dormidos. De esos, Gabriela Rábago Palafox es una joya de las que se ansían encontrar, una de esas escritoras que se busca leer, pero que no se termina por descubrir hasta bajar al fondo y tocar arena. Desenterrarla puede ser otra forma de hacer algo por las letras, por los segregados, otra forma de lucha.

-Micaela Finol


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *