Reflexión a partir del cuento “La muerta” de Carmen Laforet.
Carmen Laforet es una de esas escritoras que se disfrutan al conocer, y que al mismo tiempo se lamenta de no haber conocido antes, es una de esas escritoras que se Encuentran ocultas, de las que se habla y se investiga poco. No fue sino hasta hace un año que oí mencionar su nombre y su obra en una clase de Literatura española del siglo xx.
Dentro de mi grupo nadie reconoció el nombre ni sabía de la importancia ni el impacto que tuvo su primera novela dentro de la literatura española de su tiempo. Y fue, por lo menos para mí, una grata sorpresa. Como mencioné al principio, es una escritora que deleita y se sumerge en lo profundo de las cotidianidades.
Un primer acercamiento
Su primera novela la escribió con tan sólo veinticuatro años de edad y la hizo acreedora del Premio Nadal en 1944. Nada, título de la mencionada novela, nos adentra en aquellos barrios que alguna vez gozaron de riqueza y estabilidad en la ciudad de Barcelona, cuya gloria ahora sólo permanece en el recuerdo.
La encargada de llevarnos por aquellos lugares es Andrea, protagonista de la misma, quien llega a la ciudad para iniciar sus estudios en la universidad, pero más importante aún, para acercarse a la madurez con el paso de los días, terminando en un gran descubrimiento.
Algunos de los hechos que ocurren en la novela son en parte autobiográficos, Laforet también inició estudios en Filosofía en Barcelona, pero luego los abandonó y se trasladó a Madrid a estudiar Derecho, carrera que tampoco terminó. A los veinticuatro años se decidió empezar a escribir, porque “ya era hora de hacer algo”.
Luego del éxito de su primera novela decidió esperar un tiempo para su próximo libro, se casó y tuvo cinco hijos. Sus siguientes novelas no tuvieron el impacto que la primera, lo mismo pasa con sus cuentos, se ven eclipsados por Nada. Pero no por eso dejan de ser buenos o dignos de ser leídos, en aquellos textos, aún menos conocidos que la propia autora se esconde quizá una gran verdad, una inquietud por escribir, que, a mi parecer, es esa inquietud por compartir la que siempre esconde algún secreto oculto dentro de la cabeza de los y las creadoras, que, si es tanta la inquietud, es porque no se soporta el peso de la verdad, o, por el contrario, el peso de no poder acercarse ni un poco a lo que verdaderamente desean. Como fuere, esta escritora nos compartió una experiencia y mucho más.
Ahora pasaré a hablar un poco sobre la lectura que tuve de uno de sus cuentos, llamado “La muerta”.
¿Cuándo inicia la muerte?
El título del cuento ya puede adelantarnos un poco de lo que tratará. El texto entero trata sobre una mujer que vivió enferma la mayor parte de su matrimonio. Como no queriendo me hizo recordar a la pobre de mi abuela. Quizá desde el momento en que la muerta es mencionada, me hizo tener, una lectura muy personal del relato, y esto, me temo, será una reflexión y análisis del cuento a partir de una experiencia que se me manifestó como dejavú al momento de leer a Laforet. Sé que lo verdaderamente importante no es esta pequeña interacción que sin querer tuve con el cuento, sino destacar la maestría de la autora, de dar a conocer esos aspectos que hacen de los personajes seres que nos podemos topar en la vuelta de la esquina, que se sienten verdaderos y complejos, que no bastan con un simple vistazo, que hay que sacar la lupa, agudizar el ojo y prestar atención hasta a los detalles más nimios, por insignificantes que parezcan.
La historia comienza por intrigar desde el inicio cuando el señor Paco siente a su muerta y posteriormente, comienza por hablar acerca de ella, a base de puros recuerdos y sensaciones. El nombre de la difunta es María, quien soportó el peso de diversas enfermedades que la tenían sin poder moverse por alrededor de veinte años, pero no sólo María cargaba con su enfermedad, también su familia se veía envuelta en las dificultades que esto representaba. La vida de mi abuela fue algo parecido, a temprana edad se enfermó de gravedad y se la pasaba largas temporadas en el hospital y en casa mantenía casi completo reposo, y aún puede resentirse el impacto que todo eso tuvo para la familia. Esto no es un evento exclusivo de los personajes de Laforet o de mi abuela, esto puede suceder a cualquiera, ¿no es la cotidianeidad, aquello tan simple, lo que más impacto tiene en nosotros? Es por mera conciencia de saber, de conocer.
En sí, María, sobre quien gira todo el relato, la vemos a través de los ojos del señor Paco, tan sólo unas pocas veces le cede algún que otro diálogo que no logra completar del todo a esta mujer. Tal parece que no es más que un saco de enfermedades que vive allanada a un sillón en el que ve la vida pasar, en el que trata de mantener a flote un hogar que se derrumba a pedazos.
De alguna manera, la escritora trata de mencionar algo importante y es que hasta ahora, se ha visto a la mujer como pilar del hogar y encargada de la crianza de los hijos. ¿qué pasa entonces, cuándo la mujer se ve imposibilitada para hacerse cargo de tales labores?, la sociedad que Laforet retrata dice lo siguiente: “El señor Paco había sido muy desgraciado y nadie podía reprocharle unos traguitos de vino y algunas aventurillas que le costaron, es verdad, sus buenos cuartos…Nadie podría reprochárselo con una mujer enferma siempre y dos hijas alborotadas y mal habladas como demonios. Nadie se lo había reprochado jamás. Ni la pobre María, su difunta, ni su propia conciencia.”[1].
Como lo dije en un principio, no sólo María cargaba con la enfermedad y sufría por ello, sino que todavía más sufre el marido, porque se cree merecedor de una mujer que atienda sus necesidades, no al contrario, porque no es capaz de criar a las hijas que son mal habladas, como si no tuviera ninguna autoridad para controlar lo que sucede dentro del espacio del hogar.
De María no sabemos nada más, sólo que sufría y sufría mucho, pero no tenía ella todo el derecho de hacerlo. ¿por qué la sociedad se compadece del marido y no de la propia enferma? ¿por qué se le permite el adulterio a causa de la enfermedad de su mujer? Ambos compartían una desgracia, pero, si uno se pone a pensarlo detenidamente, se dará cuenta de que existe sólo una desgraciada que ve su mundo desmoronarse, pero que se conserva fuerte y es capaz incluso de sentir compasión por su marido.
Esa pequeña gota de realidad inserta en el relato es lo que más destaca, y lo que dota de fuerza a toda la historia. Y no es broma, por mucho después que yo haya nacido parece que aun puedo ver aquella misma situación en el caso de mi abuela, la gente se compadece más por mi abuelo, que quedó viudo con diez hijos de los que ocuparse, pero que, para cuando se dio cuenta, ya ellos se encargaban de sí mismos y no necesitaban quien les dijera que no fueran mal hablados del demonio.
Pero con todo y sus enfermedades y la desgracia que trajeron para sus maridos, estas dos mujeres dejan huella en el presente, no sólo por la fuerza de la que fueron poseedoras, sino porque en la ausencia aún se hacen notar, igual que el señor Paco recuerda a su esposa de recién casados cuando encuentra su casa ya en orden y con comida hecha, así recuerdo yo a mi abuela cada que empiezo a pelar una mandarina del árbol que ella misma plantó y que dejó como legado. Imagino que mi abuelo la ha de recordar de otras maneras, o tal vez se abandonó al olvido, pero no permito que se sienta desgraciado.
Buganvilia ácida
[1] Laforet, Carmen, La muerta, pdf, pág. 5
http://revistaliterariakatharsis.org/La_muerta.pdf

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